Chile tiene un conjunto de problemas profundos y complejos. Si la expectativa de las personas en un país es de poder llevar una vida digna (libre de discriminación, libre de violencia psicológica y física, libre de enfermedad, libre de opresión y manipulación y libre para elegir un camino e intentar lograrlo), entonces el desencanto, la frustración y la rabia son entendible: demasiado personas no han podido participar en la sociedad de modo a llevar una vida digna. Las causas son muchas: el actuar de muchas personas ha hecho, en su conjunto, que Chile sigue siendo una sociedad muy desigual en muchos sentidos. Y no es un problema de ayer. La distribución del ingreso ha sido resistente al cambio durante muchas décadas. Los resultados de aprendizaje del sistema escolar han sido resistente a los intentos de reforma durante varias décadas. La productividad no ha mejorado tampoco (lo que también tiene que ver con el sistema de educación). La segmentación privado-público en educación y en salud ha sido resistente a los esfuerzos de cambio. El sistema de previsión exclusivamente basado en capitalización no ha logrado una tasa de reemplazo aceptable. La presión por consumir cada vez más invasiva, el porcentaje de tiempo semanal dedicado a asegurar un ingreso, el estrés por las condiciones de vida y de trabajo no han ayudado. Y el auge de la violencia abierta en las calles, sea por criminalidad o por el nivel de estrés, no ha sido ni frenado, ni mucho menos revertido.
En consecuencia, no hay una receta correcta de cómo superar esta situación de desigualdades. Demasiado objetivos opuestos, dónde lograr un objetivo hace más difícil lograr el otro. Demasiado restricciones para los intentos de lograr avances.
Lo único que es seguro: esto funciona mejor cuando muchas personas buscan en paralelo. Esto requiere, por parte de todos, la humildad de aceptar que nadie tiene la receta única, y que todos se equivocarán pero ahora no se sabe en qué y cuando. Esto requiere dejar de pensar de una propuesta programática como un contrato inalterable, ya que frente a los fracasos que solo se descubrirán durante el periodo de gobierno, habrá que replantear aspectos y corregir elementos. Lo que es imposible cuando uno esconde los problemas y afirma que no haya problemas.
Entonces, es imprescindible compartir abiertamente los argumentos y las reflexiones y los supuestos, abrirse a la posibilidad de cometer errores y a la crítica constructiva que empieza con reconocer cuando algo no funciona. Pero muy lamentablemente, observo esta actitud y esta conducta solo en la candidatura de Gabriel Boric. Las demás candidaturas – no veo excepción – habían buscado todos los ejemplos aprobatorios para su propuesta y todos los ejemplos negativos para las propuestas competidoras. Esto es un doble engaño: primero, genera la ilusión que “nuestra propuesta” es correcta; segundo, genera la ilusión que “la propuesta de ellos” es “incorrecta”.
Repito: no hay propuesta “correcta”. Una candidatura basada en abrirse, convocar a hacer propuestas y a discutirlas abiertamente puede permitir lograr avances – si durante el gobierno, los ciudadanos en sus respectivos papeles sociales de empresario, trabajador, docente, consumidor y gobernante, actúan aceptando los efectos de su actuar sobre otros. Una candidatura basada en el supuesto desprestigio de la propuesta de otro candidato – o, peor, del candidato mismo – no podrá lograr una reducción de los problemas que mencioné arriba. Dará lugar a un gobierno de la autocomplacencia, de la represión de la información sobre problemas reales bajo acusaciones falaciosas de “prensa mentirosa”, y de la continuidad de la organización social tradicional con sus efectos sobre la dignidad de las personas en la sociedad.
Conclusión: la honestidad intelectual de una candidatura presidencial es un elemento necesario – no suficiente – para un gobierno exitoso en Chile para el periodo venidero. Veo esta honestidad en la candidatura de Gabriel Boric. ¡Examinen la información creíble disponible y establezcan su propio juicio!